“La escuela siempre será mejor que la mierda.” Álvaro Muñoz

(Carta a una Maestra. Alumnos de Barbiana)

Cuando pienso en la escuela del futuro y sueño con el ideal, me es imposible imaginármela distinta a la que los alumnos de Barbiana cuentan en su famoso libro “Carta a una Maestra”. Una escuela rural, unitaria, pobre y abierta 365 días al año y 24 horas al día. Una escuela de últimos y para los últimos; donde el maestro, el gran Lorenzo Milani, exigía a sus alumnos como nunca nadie lo había hecho, mostrando en esa exigencia las altas expectativas que tenía para cada uno. Una escuela hecha con las manos y con el periódico. Hecha con encuestas y con preguntas; hecha por los alumnos con una clara intención de cambiar el mundo. Es curioso que mi visión de una escuela innovadora se parezca a unos locales parroquiales donde un sacerdote se sentaba en una larga mesa debajo de un árbol en las montañas italianas confiando en que cada uno de sus alumnos podría salir de su situación gracias a la educación. En Barbiana no había tablets ni wi-fi; no había pizarras digitales ni mobiliario adecuado para la enseñanza. En Barbiana había una verdadera intencionalidad educativa por parte de un maestro que, por encima de todo, amaba a sus alumnos (sin condescendencia) y por eso les exigía lo mejor de sí. En Barbiana había un postulado inevitable: la escuela era la única vía posible para cambiar el mundo en el que vivían los hijos de los campesinos y por eso, como reza el provocador título de este texto, “la escuela siempre será mejor que la mierda.”

El libro relata un buen número de pruebas de esta y otras realidades. Pero fijémonos en una de estas experiencias. El alumno (como ya sabemos suspendido en el examen al que se presentaba desde Barbiana) nos narra cómo fue su suspenso en francés. Nos cuenta que le pusieron un examen lleno de excepciones. Y nos dice: “Aprobó con un nueve un chavalín que en Francia no sabría preguntar ni por el servicio. Solo podía pedir lechuzas, guijarros y abanicos, tanto en singular como en plural.” Sin embargo, el protagonista de nuestra carta había pasado su último verano en Grenoble lavando platos y se había comunicado con chicos de “Europa y de África”. ¿Para qué sirve, entonces la escuela? Si es para aprobar exámenes estamos haciendo un flaco favor a los alumnos; pero si es para “aprender a leer el mundo” (como diría Freire), tenemos que revisar muchas cosas.

 

 

El secreto está en las Competencias

               Si seguimos la definición que recoge la LOMCE, una competencia “supone una combinación de habilidades prácticas, conocimientos, motivación, valores éticos, actitudes, emociones, y otros componentes sociales y de comportamiento que se movilizan conjuntamente para lograr una acción eficaz.” Es decir, continúa la Ley: “un conocimiento adquirido a través de la participación activa en prácticas sociales y, como tales, se pueden desarrollar tanto en el contexto educativo formal, a través del currículo, como en los no formales e informales.” Creo que Don Milani firmaría este párrafo.

               Consideramos, por tanto, que la verdadera innovación educativa es conseguir que nuestro alumnado sea competente. Es decir, esté formado en unos valores éticos capaces de realizar acciones en contextos diversos con la finalidad de mejorar el mundo. Porque de eso se trata, no de construir ciudadanos obedientes capaces de alimentar a un sistema cualquiera; antes bien, ciudadanos formados capaces de llevar a cabo acciones que transformen la realidad. Una transformación que tiene que partir de un conocimiento profundo de la realidad (la lectura del periódico como eje vertebrador de la escuela) y unas profundas convicciones morales (la escritura compartida, el dejarse preguntar, la responsabilidad con el otro,…). Y es aquí donde encontramos unos maravillosos aliados: las metodologías activas. Metodologías que ponen la experiencia real en el centro de la práctica docente, situando al alumnado como protagonista y generando una intencionalidad educativa en todo lo que se haga. Las T.I.C. también pueden ser de gran ayuda porque nos pueden acercar a realidades muy lejanas y que de otro modo nunca pertenecerían a nuestras circunstancias.

               Sin embargo, todas estas metodologías, todos los avances, todas las nuevas tecnologías pueden volver a caer en la trampa de ponerse al servicio de la escuela como fin, de los resultados como único objetivo, de los intereses empresariales y, con esto, perder su auténtica naturaleza: construir ciudadanos. Esto es lo que cuentan los alumnos de Barbiana cuando describen a sus compañeros que vienen de otras escuelas: “Por ejemplo, consideraban el juego y las vacaciones, un derecho; la escuela, un sacrificio. Nunca habían oído decir que a la
escuela se va a aprender y que ir a ella es un privilegio. Para ellos el maestro estaba al otro lado de la trinchera y convenía engañarle. Hasta trataban de copiar. Les hizo falta tiempo
para comprender que no había notas
.” Cuando no explicamos por qué y para qué estudiar, el proceso se convierte en una tortura. Cuando la única motivación es la nota, ¿para qué esforzarse? Cuando la alternativa a la Escuela es la Play o el Instagram, o Netflix ( y no la mierda), ¿por qué estudiar?

Competentes en qué y competentes para qué

               ¿Profe, para qué sirve estudiar Filosofía? Esta es la pregunta recurrente que me hacen mis alumnos. Yo, al estilo Socrático, le devuelvo la pregunta: ¿Para qué sirve jugar al fútbol? Las repuestas son variadas pero siempre acaban en una reflexión. Si un alumno o alumna fuera bueno jugando al fútbol, dejaría los estudios; si fuera bueno jugando al escondite, no lo haría. ¿Cuál es la diferencia? El primer trabajo me hace millonario y el segundo no. Entonces, queda clara una conclusión: mi alumnado entiende la educación como un medio para conseguir dinero.

               Ahora es cuando puedo responder a mi alumno: estudiar filosofía sirve para comprender cómo funciona el mundo y buscar transformarlo. Es la misma respuesta que para mates, para inglés, para arte o para cualquier asignatura: “educar es enseñar a leer el mundo.” Es aquí donde la respuesta entronca con las competencias. Ser competente es conocer los mecanismos de un problema para poder aplicar dicho conocimiento en cualquier otro contexto. Dice la Ley: “Las competencias, por tanto, se conceptualizan como un “saber hacer” que se aplica a una diversidad de contextos académicos, sociales y profesionales. Para que la transferencia a distintos contextos sea posible resulta indispensable una comprensión del conocimiento presente en las competencias y la vinculación de este con las habilidades prácticas o destrezas que las integran.” Por eso la utilidad no la da la recompensa profesional o económica, la utilidad de la educación la da la intencionalidad que el maestro o el profesor le pueda otorgar. De ahí que el maestro cada vez se tiene que asemejar a un artista o a un artesano que genera contextos intencionales que permitan al alumno preguntarse el porqué de las situaciones y comprenderlas.

               Y así la escuela debe ser el lugar donde un alumno o alumna comprenda lo verdaderamente importante de la vida (sin saber, como dice Tolstoi, qué es eso). Abramos muros, rompamos horarios, ampliemos fronteras, acabemos con la categorización por edades, renunciemos a las calificaciones y ¡seamos audaces! Hacer esto no es sinónimo de quemar la escuela. Es hacer de la escuela y del acto educativo un auténtico y genuino rito sagrado: con su parte de misterio (lo que Pedagogías Invisibles llama extrañamiento), con su ofrenda, con su consagración y con su plegaria. Un rito misterioso por el que unos niños y niñas se van convirtiendo en ciudadanos y ciudadanas. Siempre de la mano del maestro, aquel que guía, orienta y eleva la mirada del alumnado desde donde mira hacia donde, de verdad, quiere mirar.

               Tres son las características de esta escuela innovadora: abierta, rigurosa y solidaria. Abierta al barrio y al mundo (sabiendo que la mayor parte del mundo no vive como yo). Rigurosa con los conocimientos científicos, artísticos, sociales y filosóficos que permitan comprender el mundo en su complejidad. Solidaria (y por tanto cooperativa) con los últimos.

               Por eso (y acabo igual que he empezado), cuando imagino la escuela del Futuro me la imagino como la de Barbiana pero con algunos matices: con una conectividad con cualquier parte del mundo para establecer lazos con los más alejados, con bancos de recursos donde un mero “Hole in the wall” pueda abrir al alumno a sus capacidades más elevadas, con dispositivos capaces de crear aplicaciones, imprimir en 3D, generar foros de debate, idear instalaciones artísticas, performances,… Me imagino esa mesa y esa sombra del árbol donde Don Milani se sentaba con sus alumnos pero conectados con millones de mesas y de árboles frondosos donde otros profesores con otros alumnos vuelven a soñar con un mundo mejor.

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